El eje “y” representa la poesía,
el eje “x” la metáfora,
como término general
que engloba
cualquier comparación o figuración
en el uso del lenguaje.
El 80% de los poemas del corpus,
los cuales se seleccionaron
de manera aleatoria,
usan un 80% de metáforas construidas
del modo A es B;
el restante 20%, lo hace con metáforas
del tipo A es como B.
Lo sé poetas para ustedes el dato es totalmente
irrelevante, pero para la psicología es todo un avance.
Selene Fallas
lunes, 26 de septiembre de 2011
lunes, 29 de agosto de 2011
Cuando se muere un artista yo...
Independientemente de si me gusta o no, de si lo conozco o no, apartando aquello que no tiene nada que ver con el arte, cuando se muere alguien, a quien considero un artista, me pregunto, ¿cuándo vendrá por mí la huesuda?
Inmediatamente pienso en todo lo que no he hecho, en tantos proyectos que no he concluido y no sé si concluya...en tantos amigos que extrañar, en mi familia y en Eduardo… en que nunca más escucharé su risa, ni lo veré a los ojos nunca jamás… en fin, algo más que extrañar, junto con el vino, la buena poesía, las canciones cursis que me gusta escuchar y mal cantar y todo aquello que me hace la vida mejor, soportable, amable, incluso.
Aferrarme a la vida no me salva de perderla, debo beberme hasta la última gota, debo hacer más y pensar menos, debo disfrutar más lo que hago, disfrutar el trabajo, debo hablar con los amigos más a menudo, debo vivir por lo que vale la pena, por lo que extrañaré, aquello prescindible, eso no merece mi tiempo...
Pero qué es lo que quiero hacer con el tiempo que me quede, ¿no sé cuánto sea?, en realidad, nadie lo sabe, aunque se tenga un plazo, es una cita a ciegas, sin lugar, ni fecha ¿Qué es valioso para mí en este mundo? En realidad me gusta escribir, viajar, comer, amar, leer, ver cine, enseñar… eso es lo que me gusta, ahora, el problema es cómo ganarme el dinero, creo que la moneda para que Caronte me ayude a cruzar el Estigia, no será suficiente…no sé, me temo que para hacer lo que me gusta pago el precio de ocuparme en lo que no amo. Este es mi caso, obviamente, hay gente afortunada que ama su trabajo y que lo integra a su vida. En realidad mi problema es que soy muy cobarde para tomar la decisión de vivir solamente para lo que amo, ese es mi problema.
La muerte de un artista es doblemente triste, porque son pocos los que durante una vida llevan ese estandarte, son pocos los que se atreven a ser artistas y pagar el precio que eso conlleva, la vergüenza de aceptar trabajos por hambre o la de no aceptarlos y pasar hambre.
Son pocos los que llevan la cruz del artista, el amor hacia lo que muy pocos valoran y aún cuando su arte es valorado, siempre es un “lujo”, el artista no es necesario en estas sociedades, lo que hace o deja de hacer importa poco… si acaso terminará siendo otro objeto de consumo, pero nunca, nunca será esencial, en este país, el arte se paga bien, si el artista se vende bien…
No sé, tal vez divago demasiado para decir que no soy quien para juzgar a un artista (o a todos) cada uno tendrá sus motivos para venderse o no. Todos terminamos vendiendo o hipotecando el alma de todas maneras.
No puedo juzgar a un artista que acepte cantar para el grupo de poder, tampoco puedo juzgar al que no tiene cabida en la academia (tiesa, por lo demás) y al que termina hipotecándole su vida al vicio o al que inmune a todos los “males del artista” se levanta airoso cada mañana y vive como si no hubiera nada más entre sus manos que el trabajo, la comida y el descanso…
Tal vez, es cierto, yo no soy artista, no tengo derecho a hablar de los artistas, pero, tengo derecho a intentar entender porqué la muerte de un artista es simplemente más triste que la de un empresario, porque aunque todos los seres humanos somos únicos, aunque el empresario haya sido un ser humano maravilloso y su empresa la mejor del mundo, eso no significa nada para quienes no trabajaron en su empresa, o para quienes no lo conocieran, pero cuando se muere un artista, se desaparece un punto de vista del que se apropiaban muchos, se apaga una voz plural, se cierra la puerta de un refugio.
Inmediatamente pienso en todo lo que no he hecho, en tantos proyectos que no he concluido y no sé si concluya...en tantos amigos que extrañar, en mi familia y en Eduardo… en que nunca más escucharé su risa, ni lo veré a los ojos nunca jamás… en fin, algo más que extrañar, junto con el vino, la buena poesía, las canciones cursis que me gusta escuchar y mal cantar y todo aquello que me hace la vida mejor, soportable, amable, incluso.
Aferrarme a la vida no me salva de perderla, debo beberme hasta la última gota, debo hacer más y pensar menos, debo disfrutar más lo que hago, disfrutar el trabajo, debo hablar con los amigos más a menudo, debo vivir por lo que vale la pena, por lo que extrañaré, aquello prescindible, eso no merece mi tiempo...
Pero qué es lo que quiero hacer con el tiempo que me quede, ¿no sé cuánto sea?, en realidad, nadie lo sabe, aunque se tenga un plazo, es una cita a ciegas, sin lugar, ni fecha ¿Qué es valioso para mí en este mundo? En realidad me gusta escribir, viajar, comer, amar, leer, ver cine, enseñar… eso es lo que me gusta, ahora, el problema es cómo ganarme el dinero, creo que la moneda para que Caronte me ayude a cruzar el Estigia, no será suficiente…no sé, me temo que para hacer lo que me gusta pago el precio de ocuparme en lo que no amo. Este es mi caso, obviamente, hay gente afortunada que ama su trabajo y que lo integra a su vida. En realidad mi problema es que soy muy cobarde para tomar la decisión de vivir solamente para lo que amo, ese es mi problema.
La muerte de un artista es doblemente triste, porque son pocos los que durante una vida llevan ese estandarte, son pocos los que se atreven a ser artistas y pagar el precio que eso conlleva, la vergüenza de aceptar trabajos por hambre o la de no aceptarlos y pasar hambre.
Son pocos los que llevan la cruz del artista, el amor hacia lo que muy pocos valoran y aún cuando su arte es valorado, siempre es un “lujo”, el artista no es necesario en estas sociedades, lo que hace o deja de hacer importa poco… si acaso terminará siendo otro objeto de consumo, pero nunca, nunca será esencial, en este país, el arte se paga bien, si el artista se vende bien…
No sé, tal vez divago demasiado para decir que no soy quien para juzgar a un artista (o a todos) cada uno tendrá sus motivos para venderse o no. Todos terminamos vendiendo o hipotecando el alma de todas maneras.
No puedo juzgar a un artista que acepte cantar para el grupo de poder, tampoco puedo juzgar al que no tiene cabida en la academia (tiesa, por lo demás) y al que termina hipotecándole su vida al vicio o al que inmune a todos los “males del artista” se levanta airoso cada mañana y vive como si no hubiera nada más entre sus manos que el trabajo, la comida y el descanso…
Tal vez, es cierto, yo no soy artista, no tengo derecho a hablar de los artistas, pero, tengo derecho a intentar entender porqué la muerte de un artista es simplemente más triste que la de un empresario, porque aunque todos los seres humanos somos únicos, aunque el empresario haya sido un ser humano maravilloso y su empresa la mejor del mundo, eso no significa nada para quienes no trabajaron en su empresa, o para quienes no lo conocieran, pero cuando se muere un artista, se desaparece un punto de vista del que se apropiaban muchos, se apaga una voz plural, se cierra la puerta de un refugio.
viernes, 26 de agosto de 2011
Medianoche en París
Esta película es encantadora, ¿a quién no le gustaría encontrar en París a los artistas que más admira del siglo XX o del XIX y sentarse con ellos a conversar? Un sueño hecho realidad para Gil (Owen Wilson), quien tras participar en una degustación de vinos, decide caminar solo de regreso a su hotel y tiene la mejor aventura de su vida.
El tópico de que toda época pasada fue mejor, en este largometraje se resuelve de dos maneras, se acepta como lo hace el personaje de Adriana (Marion Cotillard) o simplemente, se supera. El protagonista decide no quedarse en el pasado, pues observa, que no importa cuán maravillosa es la época que se tiene enfrente, existe la tendencia a creer que el pasado fue mejor, entonces, entre otras razones, por la falta de antibióticos en el siglo XIX, decide regresa a vivir y disfrutar el tiempo en que le tocó vivir.
La relación de Gil con su prometida Inez (Rachel McAdams) es terrible, nos hace pensar en porqué algunas parejas deciden casarse aún cuando todos los demás observan que tienen muy poco (o nada) en común, sin embargo, esto también se resuelve.
Hay una importante evolución del personaje, quien gracias al encuentro que tiene con otros artistas abre los ojos frente a la realidad. El guión de la película es la novela que escribe el protagonista, un recurso bastante ingenioso, la fotografía de la película (a cargo de Darius Khondji) es maravillosa, permite al espectador dar un paseo por una de las ciudades que, culturalmente, ha influido más en Occidente y de la mano de los artistas más importantes del siglo pasado (y ante pasado cuando llegamos a La Belle Époque).
Los personajes están bien definidos y ese juego entre la realidad y la ficción hacen de esta película un clásico. El humor es otro recurso importante, personalmente, me divertí muchísimo mientras la veía. Escuchar a Gil confesarle a los artistas surrealistas su situación, me hizo reír muchísimo, pues sabía de antemano, que era con ellos con quienes el protagonista podía desahogar su verdad, sin ser tomado como un loco. Además, la escena en que Gil explica el cuadro de Picasso a Paul (Michael Sheen) el snob amigo de su prometida, quien como todo teórico pedante, cree saber y entender las obras mejor, incluso, que su autor, es hilarante.
Tener como personajes secundarios a Ernest Hemingway (Corey Stoll), Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Luis Buñuel (Adrien de Van), Salvador Dalí (Adrien Brody) y Gertrude Stein (Kathy Bates), entre muchos otros importantes artistas de la época, libera al director de la presión de mostrarlos con la reverencia y el detalle que podría tenerse en un film de carácter biográfico. Estos artistas vienen a dar frescura y humor a la trama, así los recibe el espectador, de manera que no es tan exigente con ellos. Esto es un recurso estupendamente usado por parte del director.
Mi recomendación es que vean la película, pues la van a disfrutar, las actuaciones están bastante bien y el guión es uno de los más ingeniosos que tenga la historia del cine, esta película, bien vale una misa.
El tópico de que toda época pasada fue mejor, en este largometraje se resuelve de dos maneras, se acepta como lo hace el personaje de Adriana (Marion Cotillard) o simplemente, se supera. El protagonista decide no quedarse en el pasado, pues observa, que no importa cuán maravillosa es la época que se tiene enfrente, existe la tendencia a creer que el pasado fue mejor, entonces, entre otras razones, por la falta de antibióticos en el siglo XIX, decide regresa a vivir y disfrutar el tiempo en que le tocó vivir.
La relación de Gil con su prometida Inez (Rachel McAdams) es terrible, nos hace pensar en porqué algunas parejas deciden casarse aún cuando todos los demás observan que tienen muy poco (o nada) en común, sin embargo, esto también se resuelve.
Hay una importante evolución del personaje, quien gracias al encuentro que tiene con otros artistas abre los ojos frente a la realidad. El guión de la película es la novela que escribe el protagonista, un recurso bastante ingenioso, la fotografía de la película (a cargo de Darius Khondji) es maravillosa, permite al espectador dar un paseo por una de las ciudades que, culturalmente, ha influido más en Occidente y de la mano de los artistas más importantes del siglo pasado (y ante pasado cuando llegamos a La Belle Époque).
Los personajes están bien definidos y ese juego entre la realidad y la ficción hacen de esta película un clásico. El humor es otro recurso importante, personalmente, me divertí muchísimo mientras la veía. Escuchar a Gil confesarle a los artistas surrealistas su situación, me hizo reír muchísimo, pues sabía de antemano, que era con ellos con quienes el protagonista podía desahogar su verdad, sin ser tomado como un loco. Además, la escena en que Gil explica el cuadro de Picasso a Paul (Michael Sheen) el snob amigo de su prometida, quien como todo teórico pedante, cree saber y entender las obras mejor, incluso, que su autor, es hilarante.
Tener como personajes secundarios a Ernest Hemingway (Corey Stoll), Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Luis Buñuel (Adrien de Van), Salvador Dalí (Adrien Brody) y Gertrude Stein (Kathy Bates), entre muchos otros importantes artistas de la época, libera al director de la presión de mostrarlos con la reverencia y el detalle que podría tenerse en un film de carácter biográfico. Estos artistas vienen a dar frescura y humor a la trama, así los recibe el espectador, de manera que no es tan exigente con ellos. Esto es un recurso estupendamente usado por parte del director.
Mi recomendación es que vean la película, pues la van a disfrutar, las actuaciones están bastante bien y el guión es uno de los más ingeniosos que tenga la historia del cine, esta película, bien vale una misa.
domingo, 15 de mayo de 2011
El tiempo
El tiempo tiene espalda
y a veces me sostiene,
a veces sólo se voltea
indiferente a mis manos.
El tiempo tiene piel
y abraza si hace frío,
y ahoga siempre... Siempre.
El mundo se arrodilla
cuando el invierno
desarma los ejércitos,
cuando el sol nos flagela
porque cree necesario
imponer su color a la piel
¿Cuántas veces dormí
pidiéndole al tiempo
que fuera mi almohada?
¿Cuántas veces dormí
reclinada a su abismo?
Yo, niña y sola,
jugaba a la maestra con el tiempo
y le mostré las vocales,
le enseñé a escribir su nombre.
Una mañana,
él ya no quiso sentarse a la silla,
ni mirar la pizarra,
ni tomar su merienda,
una vez entonces,
me quedé más sola.
Hasta que el tiempo me sentó
y llenó la pizarra
y vistió con tizas mis cabellos.
Yo jugaba con el tiempo,
niño impaciente y vengativo,
juntos recorrimos los parques
y fingimos los kioscos,
hasta conocer el circo
y descubrir en las carpas:
el pudor del payaso,
la ingenuidad del acróbata,
la fe del domador,
la desfachatez del enano.
Íbamos juntos,
sucios como el mediodía
y con un aire de ancianos,
de sabidos relámpagos.
El tiempo y yo,
una tarde, cansados de ser niños,
nos hicimos amantes
y disfruté de su cuerpo
como de un noviembre;
él se desesperaba en mis senos
y se dormía en mis tobillos;
él saboreaba mis ojos,
confundidos y amargos.
Yo me agarraba a su espalda,
y predicaba en su vientre,
y amalgamábamos sexos.
Juntos aullamos todas las ciudades,
aún cuando no hubo lunas.
Una noche sin día,
el tiempo partió
y ya no había relojes donde hallarlo,
me dejó sin paredes,
sin agujas...
Y otra vez en mi alcoba,
cuando yo apenas
balbuceaba mi nombre
para no olvidarlo,
el tiempo quiso amarme
y me besaba la frente,
pero yo sólo era un lienzo,
la súplica de la baraja
que no entiende la muerte.
Yo apresuré mis brazos a su cuello
y defendí mis raíces,
mi reconocida facultad de sufrir,
y acepté mi silencio,
mi postura de pino.
El tiempo tiene ojos
y cuando me mira,
recorro mil ciudades
entregadas a la lluvia,
mil tejados inflamados
de infancias y de inviernos.
El tiempo tiene espalda,
y siempre se voltea
indiferente a mis manos.
Selene Fallas
y a veces me sostiene,
a veces sólo se voltea
indiferente a mis manos.
El tiempo tiene piel
y abraza si hace frío,
y ahoga siempre... Siempre.
El mundo se arrodilla
cuando el invierno
desarma los ejércitos,
cuando el sol nos flagela
porque cree necesario
imponer su color a la piel
¿Cuántas veces dormí
pidiéndole al tiempo
que fuera mi almohada?
¿Cuántas veces dormí
reclinada a su abismo?
Yo, niña y sola,
jugaba a la maestra con el tiempo
y le mostré las vocales,
le enseñé a escribir su nombre.
Una mañana,
él ya no quiso sentarse a la silla,
ni mirar la pizarra,
ni tomar su merienda,
una vez entonces,
me quedé más sola.
Hasta que el tiempo me sentó
y llenó la pizarra
y vistió con tizas mis cabellos.
Yo jugaba con el tiempo,
niño impaciente y vengativo,
juntos recorrimos los parques
y fingimos los kioscos,
hasta conocer el circo
y descubrir en las carpas:
el pudor del payaso,
la ingenuidad del acróbata,
la fe del domador,
la desfachatez del enano.
Íbamos juntos,
sucios como el mediodía
y con un aire de ancianos,
de sabidos relámpagos.
El tiempo y yo,
una tarde, cansados de ser niños,
nos hicimos amantes
y disfruté de su cuerpo
como de un noviembre;
él se desesperaba en mis senos
y se dormía en mis tobillos;
él saboreaba mis ojos,
confundidos y amargos.
Yo me agarraba a su espalda,
y predicaba en su vientre,
y amalgamábamos sexos.
Juntos aullamos todas las ciudades,
aún cuando no hubo lunas.
Una noche sin día,
el tiempo partió
y ya no había relojes donde hallarlo,
me dejó sin paredes,
sin agujas...
Y otra vez en mi alcoba,
cuando yo apenas
balbuceaba mi nombre
para no olvidarlo,
el tiempo quiso amarme
y me besaba la frente,
pero yo sólo era un lienzo,
la súplica de la baraja
que no entiende la muerte.
Yo apresuré mis brazos a su cuello
y defendí mis raíces,
mi reconocida facultad de sufrir,
y acepté mi silencio,
mi postura de pino.
El tiempo tiene ojos
y cuando me mira,
recorro mil ciudades
entregadas a la lluvia,
mil tejados inflamados
de infancias y de inviernos.
El tiempo tiene espalda,
y siempre se voltea
indiferente a mis manos.
Selene Fallas
sábado, 7 de mayo de 2011
Recitales
¿Qué espera la gente de un poeta?
Que diga versos interesantes
o que revele un secreto sustancial.
Hay poemas que parecen un buen chiste,
otros son como cuentos vestidos de almidón.
Termina el recital y mientras Unos ahogan
su emoción de vino y pan,
Otros fuman como trenes
y Todos comentan lo mal que escriben:
Aquel, Aquella, Aquelotro y Aquellaotra.
hay dos versos rescatables
del mae con el sueter amarillo,
pero Nadie sabe lo que hace.
cada Uno se piensa el mejor,
cada Una se escucha a sí misma
como la joven promesa de la literatura costarricense
o centroamericana, ¿para qué ser modesta?
La verdad es que Todos saben lo que hacen o Ninguno,
sin embargo, creen en lo que dicen como un dios
que juzga desde el trono a vivos y muertos.
La poesía es un camino sin señales,
que de seguro llega a alguna parte:
a algún desierto, a alguna derrota,
a algún sacrificio, a alguna soledad.
Pero todos corren entusiasmados por sus vías,
inspirados por el néctar del poeta
o por la esperanza del Premio,
Otros corren impulsados
por su inflada certeza de raza superior,
Alguien todavía corre tras una musa,
sintiéndose el Viento, de un poema español.
Pero la verdad Poetas es que la última palabra
que adorne su epitafio o engorde sus arcas
será la piedra que lanzamos Unos contra Otros,
esa pesada, inútil y filosa piedra que al saludarnos
esconde lo que pensamos verdaderamente el Uno del Otro,
esa palabra que en intención es más insulto que cobija,
esa palabra que califica, clasifica y encasilla
el quehacer de los que no podemos hacer nada mejor,
esa palabra marchita y poco práctica,
poco atractiva para solicitar crédito en los bancos
o para las gentes de buena educación,
esa palabra que crispa a las suegras
y aterroriza a los niños más que “El Coco”,
esa palabra que cierra más puertas de las que abre
y acarrea más problemas que glorias,
esa palabra que no debería cambiar de género o de número,
esa palabra, diría Bajtín, vaciada de sentido
y cargada de prejuicios y de dudosa reputación.
Ahora a la salida Alguno, no sé con que intención,
me dirá Poeta, mientras esconde la mano.
Que diga versos interesantes
o que revele un secreto sustancial.
Hay poemas que parecen un buen chiste,
otros son como cuentos vestidos de almidón.
Termina el recital y mientras Unos ahogan
su emoción de vino y pan,
Otros fuman como trenes
y Todos comentan lo mal que escriben:
Aquel, Aquella, Aquelotro y Aquellaotra.
hay dos versos rescatables
del mae con el sueter amarillo,
pero Nadie sabe lo que hace.
cada Uno se piensa el mejor,
cada Una se escucha a sí misma
como la joven promesa de la literatura costarricense
o centroamericana, ¿para qué ser modesta?
La verdad es que Todos saben lo que hacen o Ninguno,
sin embargo, creen en lo que dicen como un dios
que juzga desde el trono a vivos y muertos.
La poesía es un camino sin señales,
que de seguro llega a alguna parte:
a algún desierto, a alguna derrota,
a algún sacrificio, a alguna soledad.
Pero todos corren entusiasmados por sus vías,
inspirados por el néctar del poeta
o por la esperanza del Premio,
Otros corren impulsados
por su inflada certeza de raza superior,
Alguien todavía corre tras una musa,
sintiéndose el Viento, de un poema español.
Pero la verdad Poetas es que la última palabra
que adorne su epitafio o engorde sus arcas
será la piedra que lanzamos Unos contra Otros,
esa pesada, inútil y filosa piedra que al saludarnos
esconde lo que pensamos verdaderamente el Uno del Otro,
esa palabra que en intención es más insulto que cobija,
esa palabra que califica, clasifica y encasilla
el quehacer de los que no podemos hacer nada mejor,
esa palabra marchita y poco práctica,
poco atractiva para solicitar crédito en los bancos
o para las gentes de buena educación,
esa palabra que crispa a las suegras
y aterroriza a los niños más que “El Coco”,
esa palabra que cierra más puertas de las que abre
y acarrea más problemas que glorias,
esa palabra que no debería cambiar de género o de número,
esa palabra, diría Bajtín, vaciada de sentido
y cargada de prejuicios y de dudosa reputación.
Ahora a la salida Alguno, no sé con que intención,
me dirá Poeta, mientras esconde la mano.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Infancia
“Cuando niño, mi mundo era pequeño”
Radei Ralih
¿Porqué no tengo un jardín
y debo habitar mi cuerpo dejado
en un beso de la sed?
No hay flores en mi casa:
la tierra se aburre de pronto
y mis manos no se siembran en ella.
Mi casa es abandono de la risa,
lágrima de madera
que se suma a esta tardanza,
a este sueño sin rejas
que ya no duerme más,
que se teje en mis paredes
como un reproche de olvido,
como un grosero caballo
que patea a su amo
y lo deja ahí..
Junto a mi muñeca,
en el sótano de edades
que ya no visito
ni cuando estoy triste
¿Porqué no tengo un jardín?,
si acaso hoy me gustaría
llenar el jarrón con flores dispersas
y luego un té
para no pensarte
(ya te pensé)
¿Mi casa existe acaso?
¿Hay para mi una habitación,
una alcoba en tu pecho,
una ventana, un balcón...?
¿Existo acaso en tus ojos
como una niña de trapo
que abandona sus cromos
y persigue tu piel?
¿Existo acaso en la noche
sin rodillas de mármol,
con las cicatrices del parque,
de la bicicleta y el kiosco?
¿Por qué no tengo un jardín?,
si ya no soy más la niña,
la caricia del canto.
Ya no habito la infancia:
su carrusel impaciente,
ni su cuento doblado.
Ahora la herida es distinta,
no caí con las ruedas,
sino con los ojos,
con los brazos del hombre
y su cabello de mago.
Ahora la escuela
no se reduce a un aula,
se extiende al mundo:
a las mujeres que soy,
al niño que fuimos,
a los viejos que serás.
Ya mi madre
no es solo aquella,
ni mi padre aquel,
ni mi abuelo,
ni mi abuela,
ni mi hermano,
ni mi hermana.
Todo se multiplica
o disminuye con mis dedos,
pero no tengo un jardín,
ni siquiera uno
para sembrarlo de nombres.
Yo sé que no te gusta mi casa,
ni siquiera por fuerte,
porque aquí
las mariposas no corren,
tampoco las aves.
Yo no tengo un jardín,
como no tengo fuerzas
para continuar esta ausencia
de golpe y racimo
que me arrastra a tu cuello
para que me veas morir,
bajo una coraza de cedro
que comienza a doler.
Yo nunca tendré un jardín,
quizás solo noches,
solo lunas y estrellas
sobre mi terraza abatida,
ebria de silencio
y con sus caderas solas,
desvencijadas en la quietud
en la que me abandonó la infancia
para que el tiempo se encargara
de vestirme y golpearme
con sus intensas aspas suicidas.
Selene Fallas
Radei Ralih
¿Porqué no tengo un jardín
y debo habitar mi cuerpo dejado
en un beso de la sed?
No hay flores en mi casa:
la tierra se aburre de pronto
y mis manos no se siembran en ella.
Mi casa es abandono de la risa,
lágrima de madera
que se suma a esta tardanza,
a este sueño sin rejas
que ya no duerme más,
que se teje en mis paredes
como un reproche de olvido,
como un grosero caballo
que patea a su amo
y lo deja ahí..
Junto a mi muñeca,
en el sótano de edades
que ya no visito
ni cuando estoy triste
¿Porqué no tengo un jardín?,
si acaso hoy me gustaría
llenar el jarrón con flores dispersas
y luego un té
para no pensarte
(ya te pensé)
¿Mi casa existe acaso?
¿Hay para mi una habitación,
una alcoba en tu pecho,
una ventana, un balcón...?
¿Existo acaso en tus ojos
como una niña de trapo
que abandona sus cromos
y persigue tu piel?
¿Existo acaso en la noche
sin rodillas de mármol,
con las cicatrices del parque,
de la bicicleta y el kiosco?
¿Por qué no tengo un jardín?,
si ya no soy más la niña,
la caricia del canto.
Ya no habito la infancia:
su carrusel impaciente,
ni su cuento doblado.
Ahora la herida es distinta,
no caí con las ruedas,
sino con los ojos,
con los brazos del hombre
y su cabello de mago.
Ahora la escuela
no se reduce a un aula,
se extiende al mundo:
a las mujeres que soy,
al niño que fuimos,
a los viejos que serás.
Ya mi madre
no es solo aquella,
ni mi padre aquel,
ni mi abuelo,
ni mi abuela,
ni mi hermano,
ni mi hermana.
Todo se multiplica
o disminuye con mis dedos,
pero no tengo un jardín,
ni siquiera uno
para sembrarlo de nombres.
Yo sé que no te gusta mi casa,
ni siquiera por fuerte,
porque aquí
las mariposas no corren,
tampoco las aves.
Yo no tengo un jardín,
como no tengo fuerzas
para continuar esta ausencia
de golpe y racimo
que me arrastra a tu cuello
para que me veas morir,
bajo una coraza de cedro
que comienza a doler.
Yo nunca tendré un jardín,
quizás solo noches,
solo lunas y estrellas
sobre mi terraza abatida,
ebria de silencio
y con sus caderas solas,
desvencijadas en la quietud
en la que me abandonó la infancia
para que el tiempo se encargara
de vestirme y golpearme
con sus intensas aspas suicidas.
Selene Fallas
viernes, 30 de julio de 2010
Eunice
La niña abrió sus ojos, una vez más, tras ocho horas de sueño. Le esperaba la rutina: levantarse, tomar el desayuno, bañarse, vestirse y salir para la escuela. En la escuela, lo mismo, presentar tareas, realizar ejercicios en clase, salir al recreo para jugar con sus compañeras (a esa edad la división es tajante) y luego, regresar: cambiarse el uniforme, almorzar, ver televisión o jugar un poco, antes de sentarse a hacer las tareas para el día siguiente.
Aunque muy joven, Eunice, era una niña bastante analítica y ya esa sensación de continuidad le parecía aterradora. Algunos niños (quizás con más imaginación) le temen a los monstruos, a los fantasmas, pero ella temía que con el pasar de los años, la vida siguiera siendo eso: una rutina.
Sus padres, dos adultos jóvenes, no querían ni escuchar cuando ella les hacía esas preguntas, que ellos mismos jamás se habrían formulado, cosas que no quisieron preguntarse nunca y que al oírlas de labios de una niña (de su propia hija) los paralizaba. Ellos le temían, le temían porque ella representaba todo lo que quisieron evitar, si hubieran sido sinceros a sus preguntas más devastadoras debieron responder: “No ves Eunice que no somos los indicados para resolver tus inquietudes, no te das cuenta amor, que decidimos casarnos, tenerte a vos para no tener que pasar el resto de la vida preguntándonos ¿cuál es el propósito de nuestra existencia? No ves que trabajamos y seguimos una rutina sin protestar, porque damos por aceptado el plan perfecto de Dios (y su existencia). No nos cuestiones, no servirá de nada”. Sin embargo, la respuesta era más bien una evasiva del tipo: “Eunice, mi amor, a tatica Dios no le gusta que los niños pregunten esas cosas”, “Mi amor existes para hacer más feliz la vida de papito y mamita”.
Ya Eunice fue entendiendo, que no hallaría en sus padres las respuestas que buscaba y que ese señor Dios (del que tanto hablaban) era muy difícil de encontrar, pues se resistía a ser localizado y eso de que estuviera dentro de ella, le resultaba una aseveración demasiado narcisista, como para aceptarla. Eunice seguía sin entender cómo es que todos (sus padres, sus maestros, sus compañeritos, sus abuelos, etc.) se conformaban con tan poco, sobre todo, con tan pocas respuestas, lo que no entendía, es que aquellos que la rodeaban no tenían el valor de preguntarse para qué estaban aquí, sin caer en una crisis nerviosa, no tenían la entereza de ánimo para aceptar que la razón no existe y decidían, simplemente, aferrarse a la fe, al fútbol, a la maternidad o paternidad, al trabajo, al sexo, a las drogas, en fin, a cualquier mentira que les hiciera pensar que existía una razón importante para dar gracias a Dios por existir.
Ella, fue creciendo sin entender porque había que agradecer a Dios el regalo de la vida, un regalo que, en todo caso no puede rechazarse es, después de todo, ¿un regalo? Le parecía demasiado impositivo para pensar que la existencia fuera un obsequio, era extraño para ella, que aún en condiciones tan desfavorables, los adultos tuvieran tanto apego por la vida, quizá, cuando crezca pueda entenderlo, se decía todos los días.
Entre rutina y rutina, pasó la escuela, un respiro para iniciar una nueva rutina que se prolongaría (al menos) por cinco años. Sus padres, ahora eran adultos menos jóvenes, pero tampoco ahora tenían el menor deseo de escuchar alguna de sus preguntas (cuando no los hacía llorar, los hacía pensar y no sabían qué era peor). El primer día, comprendió que tampoco allí encontraría respuesta a muchas de las preguntas que tenía atoradas en su cabeza desde hacía tiempo, aunque Eunice era una excelente estudiante, no era, a decir verdad, competitiva, no le interesaba (como es de esperar) tener mejores calificaciones que sus compañeros, estudiaba por el placer que le producía conocer, saber y , además, le interesaba que sus padres no la castigaran con lo que a ella le provocaba tanta atracción: la pintura.
Sumergida en ese mundo abstracto que existe sólo entre el color y el pincel, se sentía libre de ese peso (terrible) de existir, su cabeza dejaba de cuestionar el sentido de la vida, del universo, para cuestionar (técnicamente) qué posibilidad tenía de exponer su percepción de este universo, con qué colores y trazos, lograría (si es que lo lograba) plasmar esa sensación de vacío, de incertidumbre, de sin sentido, que siempre le había provocado la existencia. Así, entre tanto color, entre las formas que iba creando con el lápiz se olvidaba de la vida, se olvidaba de su peso, de ese extraño dolor que le producía saberse condenada.
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